Arquetipos y el inconsciente colectivo: El mapa del alma de Carl Gustav Jung
Carl Gustav Jung expandió los horizontes de la psique al proponer el inconsciente colectivo y los arquetipos universales. Su obra integró el misticismo, la alquimia y el proceso de individuación en la psicología profunda.
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Si le preguntas a alguien por Jung, probablemente te hable de introvertidos y extrovertidos, de arquetipos o de ese test de personalidad que hizo en su empresa. Eso es lo que ha quedado en la superficie. Lo que hay debajo es mucho más extraño: un hombre que durante años provocó deliberadamente visiones y alucinaciones en sí mismo, que construyó una torre de piedra con sus manos y que, sin saberlo, ayudó a fundar Alcohólicos Anónimos. Y también un hombre con una zona oscura muy seria, que conviene no esconder.
Jung nació en 1875 en un pueblo suizo a orillas del lago de Constanza, hijo de un pastor protestante que estaba perdiendo la fe. Desde muy pequeño se sintió dividido en dos. Hablaba de su personalidad n.º 1, el escolar corriente, y de su personalidad n.º 2, un anciano solemne, atemporal, que parecía vivir en el siglo XVIII. Según contó de adulto, su madre también tenía dos caras: una doméstica y cálida, otra inquietante, casi oracular.
Su familia era un campo de cultivo para lo extraño. Su abuelo materno, pastor y erudito en hebreo, solía dejar una silla vacía a su lado mientras escribía los sermones, para que se sentara el espíritu de su primera esposa fallecida. En la familia circulaba además el rumor de que su abuelo paterno, médico y rector de la Universidad de Basilea, era hijo ilegítimo de Goethe. Jung nunca lo desmintió con demasiado entusiasmo.
A los diez años hizo algo que luego consideró una pista de toda su obra: talló un muñequito de madera en el extremo de una regla, lo metió en un estuche con una piedra lisa pintada y lo escondió en el desván, en una viga. Cuando se sentía mal, subía en secreto a visitarlo. Décadas después, leyendo sobre mitología y símbolos de culturas lejanas, entendió que aquel ritual infantil se parecía asombrosamente a ritos de pueblos que él jamás había estudiado. Esa corazonada acabaría convirtiéndose en la idea del inconsciente colectivo.
También tuvo sueños y visiones tempranas muy perturbadoras. A los tres o cuatro años soñó con una sala subterránea donde había un trono de aspecto fálico, y a los doce, según su autobiografía, tuvo una visión blasfema de Dios derrumbando con un acto escatológico el tejado de la catedral de Basilea. Pasó años sin contárselo a nadie.
Otro episodio de infancia retrata a Jung con ironía. A los doce años, un compañero lo empujó en el colegio, se golpeó la cabeza y fingió, o más bien somatizó, ataques de desmayo para no volver a clase. Estuvo meses en casa. Un día oyó a su padre, angustiado, hablar con un amigo del futuro del chico y de su salud. Se levantó, se puso a estudiar y no volvió a desmayarse. Fue su primera experiencia directa de cómo una neurosis puede curarse al ver la verdad de lo que ocurre.
Jung quería ser arqueólogo, pero la familia no tenía dinero para sostener esa carrera, así que estudió medicina en Basilea. Pensaba especializarse en cirugía hasta que, ya en los exámenes finales, abrió el manual de psiquiatría de Krafft-Ebing. Contó que, leyendo el prólogo, sintió un sobresalto: aquella disciplina reunía lo biológico y lo espiritual, y era el lugar donde se encontraban sus dos personalidades.
Su tesis doctoral, de 1902, tuvo como protagonista a una prima suya, Helene Preiswerk, una adolescente que actuaba como médium en las sesiones de espiritismo familiares. Jung estudió sus trances y concluyó que las “voces” eran personalidades fragmentadas de la propia chica. Era un trabajo precoz sobre la disociación, y una señal de que a Jung le interesaban los fenómenos que otros psiquiatras tiraban a la papelera.
A partir de 1900 trabajó en la clínica Burghölzli de Zúrich, bajo la dirección de Eugen Bleuler, el psiquiatra que acuñó el término “esquizofrenia”. Allí desarrolló el test de asociación de palabras: se le decía al paciente una palabra y debía responder con la primera que le viniera a la mente, mientras se medía el tiempo de reacción y hasta la conductividad eléctrica de la piel. Jung se dio cuenta de que ciertas palabras provocaban retrasos, bloqueos o respuestas raras. Eran puntos sensibles, grupos de recuerdos y emociones con vida propia. Los llamó complejos.
Es probable que sea su contribución más duradera y menos reconocida: hoy decimos “tiene un complejo de inferioridad” sin saber que la palabra salió de aquel laboratorio suizo. Durante unos años, el propio Freud usó con interés los resultados de este experimento.
Jung y Freud se conocieron en Viena en 1907 y, según lo que contó el propio Jung, hablaron durante trece horas seguidas. Entre ambos intercambiaron cerca de 360 cartas en seis años. Freud lo adoptó como su “príncipe heredero”, y detrás del cariño había un cálculo muy concreto: Jung era suizo, protestante y no judío, y Freud temía que el psicoanálisis quedase encasillado como una cuestión de judíos vieneses. Con Jung, la disciplina podía salir de ese gueto.
En 1909 viajaron juntos a Estados Unidos, invitados por la Universidad de Clark, y durante la travesía se analizaron los sueños mutuamente. Un día, Freud se negó a dar detalles sobre su vida privada alegando que perdería autoridad. Jung lo anotó. Esa respuesta, dijo después, “acabó con su autoridad” ante sus ojos.
Durante esos años pasaron cosas raras. Antes del viaje, en Bremen, Freud se desmayó mientras Jung hablaba de las momias de turba encontradas en pantanos del norte de Alemania, y Freud interpretó que aquello revelaba un deseo de muerte hacia él. Años más tarde, en 1912, volvió a desmayarse en presencia de Jung durante un congreso en Múnich.
Y está la conversación que Jung consideró el principio del fin. Según su relato, Freud le pidió con vehemencia que jamás abandonase la teoría sexual, que había que convertirla en un dogma, en un baluarte “contra la marea negra del ocultismo”. Jung quedó helado: un dogma, en ciencia, era justo lo contrario de lo que él entendía por investigar.
Esa misma tarde, en casa de Freud, Jung sintió que el diafragma se le ponía al rojo vivo y, de repente, un estruendo salió de la librería. Dijo que habría otro. Lo hubo. Freud lo despachó con desdén. Jung, en cambio, lo guardó como un caso de lo que más tarde llamaría sincronicidad. Para él ya había una grieta insalvable: Freud negaba lo que a Jung le parecía un misterio digno de estudio.
No se puede contar esta época sin Sabina Spielrein, una joven rusa que llegó al Burghölzli como paciente en 1904, con diecinueve años. Jung la trató con métodos psicoanalíticos, ella mejoró, estudió medicina y, durante un tiempo, mantuvieron una relación que los historiadores discuten hasta qué punto fue sentimental o sexual. Después acabó convirtiéndose en psicoanalista por derecho propio.
Spielrein formuló una idea que Freud citó en Más allá del principio del placer: que en el instinto sexual hay un componente de destrucción y de muerte. Es decir, aportó una pieza clave de la futura teoría de la pulsión de muerte. Se convirtió en una figura clave del psicoanálisis y hasta Jean Piaget fue analizado por ella en Ginebra.
Su final es desgarrador. Regresó a la Unión Soviética, donde fundó una guardería experimental, y en 1942, cuando los nazis ocuparon Rostov del Don, fue asesinada junto a sus dos hijas. Sus diarios y cartas con Jung y Freud no aparecieron hasta 1977, olvidados en el sótano de un antiguo edificio de Ginebra.
En 1912, Jung publicó Símbolos de transformación, donde afirmaba que la libido no era solo energía sexual, sino energía psíquica en un sentido amplio, y comparaba los delirios de sus pacientes con mitos de todo el mundo. Para Freud era una herejía. La amistad se rompió en 1913.
Lo que vino después fue, para Jung, un descenso. Se quedó sin maestro, sin movimiento y casi sin identidad profesional. En octubre de 1913, durante un viaje en tren, tuvo una visión: una inmensa inundación cubría Europa, las aguas se convertían en sangre y miles de cadáveres flotaban en ella. La visión se repitió. Jung temió estar volviéndose loco. En agosto de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, y esto lo desconcertó todavía más: ¿era una profecía o una psicosis privada?
Su decisión fue radical. Si estaba perdiendo la cabeza, lo haría con método. Durante años se dedicó a provocar fantasías con los ojos abiertos, a dialogar con las figuras que aparecían y a anotarlo todo. Lo llamó imaginación activa. Se le aparecieron personajes que parecían tener voluntad propia: un anciano de alas de martín pescador y cuernos de toro llamado Filemón, una mujer llamada Salomé, un profeta Elías. Filemón le enseñó algo que Jung consideró decisivo: que los pensamientos no son siempre algo que uno produce, sino algo que uno encuentra, como los animales de un bosque.
Escribió todo en los llamados Libros Negros y después lo pasó a limpio en un enorme volumen encuadernado en cuero rojo, con caligrafía de monje medieval y ilustraciones de colores extraordinarios, mandalas incluidos. Es El Libro Rojo, o Liber Novus. Jung dijo que todo lo que hizo después en su vida salía de esos años.
Lo sorprendente es que no lo publicó jamás. Estuvo guardado durante décadas, casi como un secreto de familia, y no salió a la luz hasta 2009, casi medio siglo después de su muerte. Para algunos, es una obra maestra visionaria. Para otros, el diario de una crisis psicótica a la que Jung dio forma literaria. Probablemente sea un poco de ambas cosas.
En 1923, poco después de la muerte de su madre, Jung empezó a construir una torre de piedra a orillas del lago de Zúrich, en Bollingen. No quería una casa de verano: quería un lugar a la medida del alma. Fue ampliándola por fases durante más de treinta años. No tenía electricidad ni agua corriente. Cocinaba en fuego de leña, iluminaba con lámparas de aceite, sacaba el agua del lago y tallaba él mismo piedras con inscripciones. Allí se sentía, decía, como “renacido en piedra”.
El hombre que dedicó su vida a explorar la mente más profunda necesitaba, curiosamente, trabajar con las manos, con el barro y la piedra, para mantenerse con los pies en la tierra.
En Tipos psicológicos (1921), Jung propuso que las personas tienen dos actitudes básicas: la extraversión, con la energía dirigida hacia fuera, y la introversión, con la energía dirigida hacia dentro. Y cuatro funciones: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición. Todo ello en combinaciones que daban ocho tipos.
Hay un malentendido enorme: para Jung, introvertido no significa tímido, ni extrovertido, sociable. Es hacia dónde se orienta la energía psíquica. Insistía además en que nadie es un tipo puro, y que los tipos eran una herramienta de orientación y no un carnet de identidad.
De sus ideas nació, años después, el famoso test MBTI, creado en los años cuarenta por dos mujeres sin formación en psicología: Katharine Briggs y su hija Isabel Briggs Myers. Aunque se usa mucho en empresas, los psicólogos lo cuestionan por su escasa fiabilidad: muchas personas obtienen un resultado distinto al repetirlo. Su rival más serio, el modelo de los cinco grandes rasgos, sí mantiene la extraversión como dimensión central, un guiño póstumo a Jung.
El corazón de su pensamiento nace de un sueño que tuvo durante el viaje a Estados Unidos con Freud: soñó con una casa de varios pisos. En la planta de arriba, un salón rococó. Más abajo, una sala medieval. Más abajo, una bodega romana. Y al fondo, una cueva con restos de huesos y cráneos prehistóricos. Freud solo vio en los cráneos deseos de muerte. Jung vio un mapa: encima, lo personal; debajo, capas cada vez más antiguas y compartidas por toda la humanidad.
De ahí salió la idea del inconsciente colectivo, un fondo psíquico común a todos, y de los arquetipos, formas básicas o patrones que se repiten en sueños, mitos y religiones de todas las culturas: la Gran Madre, el Héroe, el Sabio, el Embaucador, la Sombra, la Persona (la máscara social), el Ánima y el Ánimus. La Sombra, tal vez su concepto más popular, es todo lo que rechazamos de nosotros mismos y proyectamos en los demás.
Un matiz que casi nadie conoce: Jung no creía que heredáramos imágenes concretas, sino predisposiciones, como moldes vacíos que cada cultura rellena. Aun así, la ciencia no ha encontrado pruebas de ese mecanismo, y sigue siendo su idea más discutida.
Su meta terapéutica se llamó individuación: el proceso de convertirse en uno mismo integrando las partes que se ignoran. Jung también fue de los primeros en hablar con seriedad de las crisis de la mitad de la vida. Dividía la existencia en una mañana, dedicada a construir un lugar en el mundo, y una tarde, dedicada a buscar sentido.
Su influencia en la cultura popular es inmensa. El mitólogo Joseph Campbell tomó los arquetipos para su teoría del “viaje del héroe”, y George Lucas se inspiró en Campbell para La guerra de las galaxias. El pintor Jackson Pollock hizo terapia junguiana, y Federico Fellini fue paciente de un analista junguiano en Roma.
Jung llamó sincronicidad a las coincidencias significativas sin causa aparente. El ejemplo que más repetía: una paciente, muy racionalista, le contaba un sueño en el que le regalaban un escarabajo dorado. Mientras hablaba, Jung oyó golpecitos en la ventana, abrió y entró un escarabajo parecido, un cetónido, el equivalente centroeuropeo al escarabajo dorado. Se lo puso en la mano diciendo algo así como “aquí tiene su escarabajo”. Según contó, la coraza de racionalismo de la paciente se resquebrajó.
Lo que casi nadie sabe es que desarrolló la idea junto con un premio Nobel de física. Wolfgang Pauli, uno de los padres de la mecánica cuántica, fue paciente de Jung durante años, y ambos publicaron en 1952 un libro conjunto, La interpretación de la naturaleza y la psique. Pauli era famoso por el “efecto Pauli”, una supuesta capacidad para que los aparatos de laboratorio se averiaran con solo acercarse. Los dos buscaban un lenguaje común entre la materia y la mente.
Jung también contó que Einstein fue invitado a su mesa varias veces durante los años en que daba clases en Zúrich, y que aquellas conversaciones sobre relatividad le hicieron preguntarse por la relación entre psique, tiempo y espacio. Treinta años después, aquello cristalizó en la sincronicidad. La mayoría de los científicos actuales considera la sincronicidad una ilusión estadística; pero es una de las ideas junguianas más fascinantes.
En 1925 visitó a los indios pueblo de Nuevo México. Allí conoció a Ochwiay Biano, “Lago de la Montaña”, que le dijo que los blancos siempre están crispados e inquietos porque piensan con la cabeza, mientras que ellos piensan con el corazón. Jung quedó impresionado. Ese mismo año viajó a África oriental, y un amanecer, junto al monte Elgon, vio a unos hombres escupirse en las manos y alzarlas al sol. Se sintió el primer ser humano contemplando el primer amanecer. En 1937 viajó a la India y, enfermo en un hospital de Calcuta, soñó con un castillo que identificó con el Grial.
Conviene precisar que sus viajes se han criticado con razón: Jung veía en estos pueblos “psiques primitivas”, una visión colonial hoy inaceptable, aunque él los respetaba mucho.
Esta historia es la más sorprendente. A finales de los años veinte y principios de los treinta, un estadounidense adinerado llamado Rowland Hazard viajó a Zúrich para tratarse con Jung de su alcoholismo. Tras un periodo de abstinencia recayó. Cuando volvió, Jung le dijo con franqueza que la medicina y la psiquiatría ya no podían hacer más por él, y que su única esperanza era una experiencia espiritual profunda.
Hazard se unió al Grupo Oxford, un movimiento religioso, y de ahí la idea pasó a otro alcohólico, Ebby Thacher, y de este a Bill Wilson, el cofundador de Alcohólicos Anónimos. En 1961 Wilson le escribió a Jung para agradecérselo, y Jung le contestó en una carta famosa: la sed de alcohol era, a su juicio, una sed espiritual de plenitud, y recomendaba combatir el “espíritu” del alcohol con el Espíritu, con una fórmula latina que se hizo célebre: spiritus contra spiritum. Jung murió pocos meses después.
Los intereses de Jung eran cada vez más heterodoxos. Estudió la alquimia medieval y concluyó que, más que un precursor de la química, era un lenguaje simbólico del proceso de individuación. Escribió el prólogo de la traducción inglesa del I Ching y lo consultaba. Y en 1958 publicó un libro sobre los ovnis: no negaba que alguien pudiera ver algo en el cielo, pero sostenía que los platillos volantes, por su forma circular, eran sobre todo un mito moderno, una proyección del arquetipo del mandala en tiempos de miedo atómico.
Hay un capítulo que no se puede saltar. Cuando los nazis llegaron al poder en 1933, Jung aceptó presidir la Sociedad Médica General de Psicoterapia, cuya rama alemana quedó bajo control nazi, dirigida por Matthias Göring, primo de Hermann. En 1934 escribió artículos en los que contraponía una psicología “judía” y otra “aria”, y sugería que Freud y Adler no entendían el alma germánica. Fue acusado de antisemitismo ya en su época, y la polémica nunca se ha cerrado.
Sus defensores señalan que Jung ayudó a colegas judíos, que la sociedad permitió la afiliación individual de médicos judíos, que su colaboradora más cercana, Aniela Jaffé, era judía, y que en 1936 publicó Wotan, donde interpretaba el nazismo como el estallido de un arquetipo pagano. Sus críticos replican que sus palabras fueron indefendibles y que tardó demasiado en reconocerlo. Durante la guerra, Jung colaboró con Allen Dulles, jefe de la inteligencia estadounidense en Berna; según su biógrafa Deirdre Bair, figuraba en los archivos como “Agente 488”. Es un Jung con luces y sombras de las que él mismo, el teórico de la Sombra, tendría mucho que decir.
En 1944, Jung se rompió un pie y, ya en el hospital, sufrió un infarto. Entre la vida y la muerte tuvo visiones que describió como las más intensas de su vida. Se vio flotando a una enorme altura sobre la Tierra, una esfera bañada de luz azul. Vio un gigantesco meteorito oscuro, convertido en templo. Y su médico, el doctor Haemmerli, se le apareció en forma de un antiguo rey médico de la isla de Cos, como si viniera a buscarlo. Jung le contó a sus allegados que, para él, Haemmerli tenía que morir en su lugar. Según su relato, el día en que Jung se levantó por primera vez, el médico cayó enfermo y murió pocas semanas después. Jung se recuperó y escribió más que nunca.
En 1955 murió su esposa Emma, que era también analista y con quien había compartido una relación compleja, en la que convivió durante décadas con la amante de Jung, Toni Wolff, a quien Emma acabó aceptando. Jung tardó en recuperarse del golpe.
En 1959, la BBC lo entrevistó en su casa de Küsnacht. Cuando le preguntaron si creía en Dios, respondió con una frase desconcertante: no creía, sabía. Sobre la puerta de su casa había hecho tallar una inscripción latina: Vocatus atque non vocatus deus aderit, “llamado o no llamado, el dios estará presente”. Murió el 6 de junio de 1961, a los ochenta y cinco años.
Como pasa con Freud, a Jung se le atribuyen frases dudosas. La más repetida es que “hasta que no hagas consciente lo inconsciente, dirigirá tu vida y lo llamarás destino”. No existe fuente fiable que demuestre que la escribiera; parece una paráfrasis posterior de sus ideas. En cambio, sí es auténtica una frase de una carta de 1916: quien mira hacia fuera sueña, quien mira hacia dentro despierta.
Con honestidad: sus teorías centrales, el inconsciente colectivo, los arquetipos como entidades heredadas, la sincronicidad, no han sido validadas por la psicología científica, y muchos las consideran difíciles de refutar. Su obra mezcla ciencia, religión, mitología y misticismo en proporciones que incomodan a los académicos. Su pensamiento sobre las culturas no occidentales resulta hoy problemático, y su época nazi sigue manchando su legado.
Y, sin embargo, su huella es enorme. Nos dio palabras que usamos a diario: complejo, introvertido, extrovertido, persona, sombra, arquetipo. Fue pionero de la psicología de la religión y de la reflexión sobre la crisis de la madurez. Y le dio a la psicología algo que Freud, más centrado en lo patológico, a veces descuidó: la idea de que el inconsciente no es solo un sótano de deseos reprimidos, sino también un océano de creatividad, mito y sentido. Freud exploró la cueva donde se esconde lo que no queremos ver. Jung se atrevió a seguir descendiendo, hasta preguntarse qué hay en el fondo.

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