El inconsciente y el laberinto del psiquismo: El legado psicoanalítico de Sigmund Freud
Sigmund Freud revolucionó la comprensión de la mente humana al descubrir el inconsciente, los mecanismos de defensa y el poder de la represión. Su enfoque clínico transformó para siempre la psicología y la cultura moderna.
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Si le preguntas a alguien por Freud, probablemente te hable de los sueños, del sexo, de la madre y de un diván. Es verdad, pero es la parte de la historia que ya conoces. La otra es mucho más rara, más humana y más reveladora.
Antes de ser el padre del psicoanálisis, Freud quería ser un científico serio de laboratorio. En 1876, con veinte años, viajó a Trieste con una misión concreta: encontrar los testículos de la anguila macho. Nadie había logrado verlos, y la reproducción de la anguila era uno de los grandes misterios de la zoología. Disecó cerca de cuatrocientas anguilas y no encontró nada concluyente.
Podría parecer una anécdota cómica, pero marca el carácter de Freud: una obsesión por mirar donde nadie había mirado, por encontrar el órgano oculto, la causa invisible. Años después cambió las anguilas por algo igual de escurridizo: el inconsciente.
También hizo trabajos de neuroanatomía con cangrejos de río y lampreas, y llegó a publicar investigación neurológica respetable. Era un científico de formación. Lo que vino después fue una apuesta salvaje que lo apartó del laboratorio para siempre.
En 1884, Freud descubrió la cocaína y se entusiasmó. La probó él mismo, la recetó a amigos y publicó un artículo elogiándola como tratamiento para la depresión, la fatiga y hasta la adicción a la morfina.
Aquello terminó mal. Su amigo Ernst von Fleischl-Marxow, adicto a la morfina, siguió el consejo y acabó enganchado a la cocaína, con un deterioro terrible. Para colmo, Freud perdió la fama del primer gran descubrimiento práctico de la sustancia: su colega Karl Koller demostró que servía como anestésico local en cirugía ocular y se llevó el reconocimiento. Freud estuvo cerca de ser el hombre de la anestesia moderna y se quedó mirando.
Durante años, él mismo usó cocaína. Los historiadores discuten hasta qué punto influyó en sus ideas, pero el dato desmonta la imagen del sabio solemne y distante.
En 1885 viajó a París para estudiar con Jean-Martin Charcot, en el hospital de la Salpêtrière. Charcot exhibía a mujeres diagnosticadas de histeria en demostraciones casi teatrales. Freud descubrió allí algo que lo marcó: los síntomas físicos podían tener causas puramente psicológicas. Una parálisis sin lesión en los nervios, una ceguera sin daño en los ojos.
De vuelta en Viena colaboró con Josef Breuer, que trataba a una joven llamada Bertha Pappenheim, conocida en los libros como Anna O. Fue ella quien bautizó el método como “la cura por la palabra” (talking cure) y también como “limpieza de chimenea”. Hablar, recordar, poner en palabras lo reprimido: de ahí nació la terapia psicoanalítica. La idea central, que contar tu historia puede curarte, es la herencia más viva de Freud.
El dato incómodo es que el caso no fue el éxito que se contó. Investigaciones posteriores indican que Anna O. no estaba curada cuando terminó el tratamiento y tuvo que ser internada de nuevo. Pappenheim, sin embargo, tuvo una vida extraordinaria: fue una pionera del trabajo social y del feminismo en Alemania. Quizá lo más impactante es que la paciente “fundadora” del psicoanálisis acabó siendo más admirable por lo que hizo fuera de la consulta.
Durante la década de 1890, el interlocutor más importante de Freud fue el médico berlinés Wilhelm Fliess, con quien intercambió cientos de cartas. Fliess sostenía una teoría extraña: que existía una conexión entre la nariz y los órganos sexuales, y que muchos males se curaban operando la nariz.
Freud le confió a una paciente, Emma Eckstein, y Fliess la operó. Se dejó una gasa dentro de la cavidad nasal y la paciente sufrió hemorragias que casi la matan. Freud, aterrado, dudó entre admitir el error de su amigo o buscar otra explicación. Terminó atribuyendo parte del sangrado a causas psicológicas. Es uno de los episodios más oscuros y reveladores de su carrera: la tentación de reinterpretar los hechos para proteger una teoría o una amistad.
En 1896, Freud propuso que la histeria nacía de abusos sexuales sufridos en la infancia. Fue una tesis valiente y muy mal recibida en la Viena de la época. Un año después, en una carta a Fliess, confesó que ya no creía en su teoría.
La explicación que dio fue que no podía ser que hubiera tantos padres perversos y que, además, los recuerdos podían ser fantasías. De ahí salió el giro hacia el famoso complejo de Edipo y la sexualidad infantil. Hoy este momento es de los más debatidos de la historia de la psicología. Hay quien lo ve como un avance genial y quien lo considera una retirada cobarde que dejó a las víctimas sin voz durante décadas. La discusión sigue abierta.
Tras la muerte de su padre en 1896, Freud emprendió un autoanálisis que duró años, analizando sus propios sueños cada mañana. El resultado fue La interpretación de los sueños, publicado a finales de 1899 con fecha de 1900. Freud lo consideraba su obra maestra.
El mundo ignoró el libro. Se vendieron unos seiscientos ejemplares en seis años. El hombre que revolucionaría el pensamiento del siglo XX trabajaba prácticamente en soledad, rodeado de un pequeño círculo de discípulos en su salón de Viena.
La tesis es sencilla y radical: los sueños son realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos. El sueño más famoso del libro es el “sueño de la inyección de Irma”, en el que Freud analiza un sueño propio sobre una paciente y descubre que, en el fondo, el sueño lo exoneraba de culpa por un tratamiento fallido. Es decir, empezó analizando el inconsciente de un solo hombre, el suyo.
En Psicopatología de la vida cotidiana (1901) popularizó lo que hoy llamamos “lapsus freudiano”: el olvido de un nombre, un desliz al hablar, un objeto perdido. No son errores aleatorios, sostenía, sino mensajes del inconsciente. Hoy usamos la expresión sin saber que es suya.
Pero el golpe de verdad llegó con Tres ensayos sobre teoría sexual (1905), donde afirmó que los niños tienen sexualidad desde el nacimiento. Para la Europa victoriana fue un escándalo. Es importante entender qué quería decir: no hablaba de sexualidad adulta en miniatura, sino de una energía placentera, la libido, que se organiza en etapas (oral, anal, fálica). Ese concepto de libido era mucho más amplio de lo que la gente cree. De ahí viene el malentendido de que “Freud lo reduce todo al sexo”: él ampliaba la idea de sexualidad, no reducía todo a ella.
Conviene desmontar un par de mitos. La frase “a veces un puro es solo un puro” no se le puede atribuir con seguridad; no existe ninguna fuente fiable que demuestre que la dijera. Tampoco hay constancia de que, al llegar a Estados Unidos en 1909, dijera aquello de que les traía “la peste”, algo que se le atribuye a través de Lacan y que probablemente sea apócrifo.
Sí es cierto, en cambio, que Freud fumaba unos veinte puros diarios y que no los dejó jamás, a pesar de que sus consecuencias fueron devastadoras.
Una curiosidad que sorprende: el famoso diván. Freud colocaba a los pacientes tumbados y él se sentaba detrás, fuera de su vista. La razón no era solo teórica. Él mismo admitió que no soportaba que lo miraran fijamente ocho horas al día. Una técnica terapéutica nacida, en parte, de la incomodidad de un hombre agotado.
En sus sesiones solía estar también Jofi, su perra chow chow. Freud aseguraba que Jofi indicaba cuándo terminaba la sesión (se levantaba y bostezaba) y que su presencia calmaba a los pacientes. Algunos autores la consideran el primer “perro de terapia” de la historia.
Aquí hay un dato que sorprende a quien lo escucha desde España. De adolescente, Freud aprendió español de forma autodidacta. Con su amigo Eduard Silberstein fundó la “Academia Castellana”, una sociedad secreta de dos miembros en la que se escribían cartas en español. Adoptaron como seudónimos los nombres de los dos perros de una novela ejemplar de Cervantes, El coloquio de los perros: Cipión y Berganza. Freud leyó el Quijote en versión original.
Más tarde, ya adulto, escribió a Fliess que en el fondo no se sentía un hombre de ciencia sino un “conquistador”, un aventurero por temperamento. Cervantes y los conquistadores en la cabeza del padre del psicoanálisis.
Alrededor de 1902 reunió a un grupo de seguidores en su casa, que se convirtió en la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Allí estuvieron Alfred Adler, Otto Rank, Sándor Ferenczi, Karl Abraham, Ernest Jones y, sobre todo, Carl Gustav Jung, el suizo al que Freud llamó su “príncipe heredero”.
La relación acabó en ruptura brutal hacia 1913. Jung rechazaba la insistencia de Freud en la sexualidad y propuso conceptos propios, como el inconsciente colectivo y los arquetipos. Antes de eso, Freud se desmayó en presencia de Jung en dos ocasiones, y las dos veces estaban hablando de muerte y rivalidad.
Tras estas rupturas, Freud creó un “Comité secreto” de colaboradores fieles. Para sellar el pacto, regaló a cada uno un anillo con una gema grabada, una intaglio griega de su colección. El padre de la exploración del inconsciente organizó su movimiento casi como una sociedad iniciática.
Freud construyó su teoría a partir de unos pocos casos, hoy legendarios:
Dora, una adolescente que abandonó el tratamiento y lo dejó frustrado; Freud lo reconoció como un fracaso que le enseñó sobre la transferencia, la carga emocional que el paciente proyecta sobre el terapeuta.
El pequeño Hans, un niño con fobia a los caballos. Freud casi no lo trató directamente: la terapia la llevó el padre del niño bajo sus indicaciones. Lo asombroso es que Herbert Graf, el niño, se convirtió de adulto en un reconocido director de ópera.
El Hombre de las Ratas y El Hombre de los Lobos. Este último, Sergei Pankejeff, vivió hasta 1979 y décadas después, en entrevistas, dejó claro que se sentía mal curado, a pesar de que su caso era una pieza clave en la historia del psicoanálisis.
El patrón se repite: casos presentados como éxitos que, mirados de cerca, eran mucho más complejos y dudosos.
La Primera Guerra Mundial lo cambió. Ante los veteranos que revivían una y otra vez el horror en pesadillas, algo no encajaba con su teoría de que los sueños cumplen deseos. En Más allá del principio del placer (1920) formuló una idea oscura: junto a la pulsión de vida (Eros) existe una pulsión de muerte (Tánatos), una tendencia a la destrucción y a la repetición.
En 1920 murió su hija Sophie, de gripe española. Freud insistió en que su teoría estaba escrita antes de la tragedia, pero el contexto pesa. Es uno de los conceptos más controvertidos de su obra y, a la vez, uno de los que más han dado que pensar sobre por qué los humanos repetimos aquello que nos hace daño.
En esa etapa elaboró también su modelo de la mente en tres instancias: el ello, el yo y el superyó. Un dato fascinante: Freud escribió das Es (“el Ello”) y das Ich (“el Yo”), palabras cotidianas del alemán. Fue su traductor al inglés, James Strachey, quien las convirtió en los términos latinos id y ego, mucho más fríos y técnicos. Muchos críticos sostienen que el Freud en inglés suena más médico y distante de lo que era el original.
Freud era judío y ateo. En El porvenir de una ilusión (1927) defendió que la religión es una ilusión nacida del deseo de protección infantil, y en El malestar en la cultura (1930) argumentó que la civilización exige renuncias que nos hacen infelices por naturaleza.
En 1932 mantuvo un famoso intercambio de cartas con Albert Einstein, publicado como ¿Por qué la guerra?, a petición de la Sociedad de Naciones. Einstein preguntaba si se podía librar a la humanidad de la guerra. Freud respondió con un pesimismo lúcido: la agresión es parte de nuestra naturaleza, pero la cultura y los lazos afectivos pueden contenerla.
Su último libro, Moisés y la religión monoteísta (1939), fue el más provocador: sostenía que Moisés era egipcio. Lo escribió en pleno ascenso del nazismo, consciente de lo explosivo que era.
Desde 1923 sufrió un cáncer de paladar y mandíbula, consecuencia directa de fumar. Soportó más de treinta operaciones. Llevaba una prótesis que él mismo llamaba “el monstruo”, que le dificultaba hablar y comer. Y aun así siguió fumando, aduciendo que sin puros no podía pensar.
Siguió atendiendo pacientes y escribiendo con un dolor casi constante. Esa tenacidad es una de las facetas más humanas de un hombre que muchas veces parece una estatua.
En 1933 los nazis quemaron sus libros en Berlín. Se le atribuye la frase de que, en la Edad Media, lo habrían quemado a él, y que ahora se conformaban con quemar sus libros. Pensaba que Viena seguiría siendo segura, y no quería irse.
Tras la anexión de Austria en 1938, la Gestapo interrogó a su hija Anna. Gracias a la presión de amigos y a la intervención de la princesa Marie Bonaparte, que pagó parte del dinero exigido, pudo salir con su familia hacia Londres. La anécdota cuenta que, al obligarle a firmar un documento diciendo que lo habían tratado bien, añadió una frase irónica: que podía recomendar la Gestapo a cualquiera.
Lo más trágico es que cuatro de sus hermanas se quedaron en Viena y murieron en campos y guetos nazis. Freud vivió sus últimos meses sabiendo que la barbarie que había intentado comprender se llevaba a su propia familia.
Se instaló en una casa de Maresfield Gardens, hoy el Museo Freud de Londres, donde se conserva el famoso diván. En julio de 1938 recibió allí la visita de Salvador Dalí, acompañado de Stefan Zweig. Freud, que desconfiaba de los surrealistas, quedó impresionado por el talento del pintor español.
Murió el 23 de septiembre de 1939. Su médico, Max Schur, le administró morfina a petición suya para aliviar un dolor insoportable. Sus cenizas reposan en Londres, en una urna griega antigua que le había regalado Marie Bonaparte.
Un último detalle íntimo: Freud coleccionaba antigüedades egipcias, griegas y romanas, miles de piezas que abarrotaban su despacho. Decía que la arqueología le interesaba casi más que la psicología. Comparaba al psicoanalista con un arqueólogo que va excavando capas de un pasado enterrado. Su escritorio estaba cubierto de pequeñas estatuas, como si trabajara rodeado de siglos.
Aquí hay que ser honestos. Gran parte de su teoría no resiste el examen científico. Karl Popper criticó que sus ideas eran difíciles de refutar y por eso difícilmente científicas. Muchos de sus conceptos, como la envidia del pene o las etapas psicosexuales rígidas, están superados o tienen escaso respaldo. Autores como Frederick Crews lo han acusado de manipular casos y de construir su leyenda con cuidado.
Pero sería injusto quedarse ahí. La idea de que buena parte de nuestra vida mental ocurre fuera de la conciencia está hoy respaldada por la psicología cognitiva y la neurociencia, aunque no en la forma que Freud imaginó. Los mecanismos de defensa, la importancia de la infancia, el valor de hablar en la terapia, la transferencia: todo eso ha entrado en la cultura. Incluso su sobrino Edward Bernays, hijo de una hermana de Freud, aplicó estas ideas para fundar las relaciones públicas modernas. Su campaña de 1929 para que las mujeres fumaran en público, con las “Antorchas de la libertad”, es un ejemplo de manipulación del deseo inconsciente a escala de masas.
Freud se equivocó en mucho. Pero cambió la pregunta. Antes de él, la mente era sobre todo razón y voluntad. Después de él, hay que contar con lo que no sabemos de nosotros mismos. Esa es su herencia, y es difícil de borrar.

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